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18 NOV 2015

EL FÚTBOL, EN ESTADO DE EXCEPCIÓN
Ceremonia contra el horror

Curiosamente, la última vez que había estado en el estadio de Wembley fue hace 23 años para ver un amistoso entre Inglaterra y Francia. Recuerdo las obscenidades que coreaban los hinchas nativos sobre las presuntas tendencias sexuales de los franceses, o los “frogs”, las ranas, el término despectivo con el que los ingleses llaman a sus vecinos desde las guerras napoleónicas, por sus tendencias alimenticias.

Del partido en sí no recuerdo nada. Ni siquiera quién lo ganó. El Inglaterra-Francia de este martes, en cambio, pasará a la historia. Pero no por el resultado, que también será olvidado, sino porque esta vez un partido de fútbol no sacó lo mezquino o lo idiota de la gente; mostró al ser humano en su faz más generosa y solidaria. Nunca “un amistoso” fue más amistoso. Los 71.000 espectadores en el estadio fueron solo la representación visible de los sentimientos y los valores más nobles que comparten la enorme mayoría de los 120 millones de habitantes de estas dos grandes democracias, más de cien de los cuales murieron en los atentados de París el viernes pasado. Frente al nazismo de Estado Islámico estábamos ahí para celebrar la democracia, la tolerancia y la vida.

Nunca pensé que cantaría el himo nacional francés, La Marsellaise. Al menos no en público, en Wembley, a unísono con las tribus futboleras inglesas. Mucho menos me imaginé a mí mismo cantando el himno inglés, ‘God save the Queen’ – ni en privado. En estas cuestiones nacionalistas comparto el agnosticismo del líder del partido laborista británico, Jeremy Corbyn. Pero no hubo más remedio. Me intoxiqué de tanta liberté, égalité y, ante todo, fraternité. .

Tenía a tres chicos franceses sentados en frente mío vestidos cada uno de ellos con la bandera francesa y, debajo, una bufanda con los colores de la selección inglesa. Nos pusimos a hablar media hora antes del comienzo del partido y me dijeron que habían estado ensayando el ‘God save the Queen’ todo el día. Tenían la letra en las pantallas de sus teléfonos móviles. Afortunadamente, llegado el momento, me dejaron que la leyera por encima de sus hombros, ya que no me la sé, y la canté con el mismo fervor que ellos, y que el Príncipe Guillermo, ahí presente en el estadio recordando a su abuela.

Fue un alivio cuando salieron los jugadores al campo seguidos por el príncipe, y los seleccionadores de Inglaterra y Francia, Roy Hodgson y Didier Deschamps, cada uno de los cuales depositó una ofrenda floral en el cesped en conmemoración de las víctimas de París. Cuarenta minutos antes me había enterado de que, por temor a otro atentado, se había cancelado a última hora un partido en Hanover entre Alemania y Holanda al que iba a asistir la canciller Angela Merkel. Estábamos todos atentos a la posibilidad de que ocurriese lo mismo aquí. Miraba al palco VIP a ver si de repente salía de prisa el primer ministro David Cameron, como había hecho el presidente francés, Francois Hollande, después de que estallaran las bombas el viernes fuera del Estade de France durante el partido entre Francia y Alemania. Recordé que el encuentro programado entre Bélgica y España también había sido cancelado, por los mismos temores.

Pero no. Los servicios de seguridad y los policías londinenses, muy visibles pero serenos y cordiales de aspecto, algunos haciéndose ‘selfies’ con los aficionados franceses, habían hecho lo suyo. El gobierno de Francia había pedido que el partido siguiese adelante, como gesto multitudinario de desafío y unidad, y el aparato estatal inglés estuvo a la altura. En la preparación de la ceremonia de Wembley anterior al partido también.

Primero unos 30 militares británicos desplegaron una enorme bandera francesa sobre el campo; después la ofrenda floral; el himno inglés seguido por el francés, cuya letra seguimos en las dos grandes pantallas del estadio. El Príncipe Guillermo la cantó con un ojo puesto en una pantalla pero el esfuerzo derrotó las habilidades lingüísticas de muchos ingleses, la mayoría de los cuales tararearon con brío al compás de la famosa canción. Más fácil fue el minuto de silencio, observado por los jugadores de ambos equipos en un gran circúlo en el centro del campo, mezclados entre sí – azul y blanco, azul y blanco-. Lo único que oímos fue el sonido de un helícoptero desde que se estaba filmando el evento para las televisiones del mundo. Algunos aficionados franceses, casi todos londinenses pero unos mil llegados de París, rompieron discretamente a llorar.

Lo que se palpó más que nada en el estadio fue la emoción y gratitud de los franceses, el chute de moral que recibieron del antiguo enemigo tras el trauma del viernes 13. Nos cachondeamos, nos reñimos, decimos que nos odiamos, pero en el fondo somos buenos vecinos, era el mensaje de Wembley. Llegado el momento de la verdad, ahí estamos, los unos para los otros. Nunca se había sentido una alianza tan fuerte entre los dos pueblos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Un aficionado francés tras otro señalaba los colores de la bandera francesa iluminados en el gran arco que cubre el estadio, se daba un golpe en el corazón y repetía: merci, formidable, magnifique. “Cela a fait chaud au coeur”, me dijo uno: esto me ha calentado el corazón. Otros simplemente no sabían cómo expresar lo que sentían. Blaise Matuidi, centrocampista de la selección francesa, dijo en una entrevista después del partido. “Cuando los seleccionadores y el Príncipe William vinieron a depositar las flores en el cesped, fue…bueno, francamente…no tengo palabras…”

Tampoco hubo palabras pero sí una tremenda ovación cuando salió al campo en el segundo tiempo el jugador francés musulmán Lassana Diarra, cuya prima murió en los atentados. Todo el público lo sabía, todos reconocieron el valor de su decisión de jugar pese al dolor que sentía. Diarra había hablado por todos los presentes cuando había dicho antes del partido que había que disputarlo para que el mundo nos viera unidos contra “el horror” y a favor “del amor, del respeto y de la paz”.

Greg Dyke, el presidente de la asociación de fútbol inglesa, finalizó un discurso antes del partido citando unas palabras de Nelson Mandela: “El deporte tiene el poder para cambiar al mundo. Tiene el poder para inspirar. Tiene el poder para unir a la gente de la manera en que pocas cosas lo hacen. El deporte puede crear esperanza donde antes solo había desesperación”. “Nunca estas palabras han sido más apropiadas que esta noche”, declaró Dyke.

Mandela también dijo que para realmente conquistar a la gente había que apelar no a las mentes sino a los corazones. Los terroristas pretenden hacer precisamente eso sembrando el miedo. Viendo la ceremonia de Wembley en sus televisores o sus iphones en Raqqa puede que se hayan burlado pero sabrán en el fondo que fue una victoria de los que anteponemos la vida a la muerte, presagio de la derrota final que algún día ellos sufrirán. Puede que tarde mucho años pero llegará, y los que comparten los valores de Inglaterra y Francia, labrados con sacrificio y pensamiento y lucha durante siglos, saldrán reforzados, mientras que los otros serán recordados como un brote de pestilencia en la historia de la humanidad.

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