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Heroica lo

Cuando me liberaron de prisión, el Congreso Nacional Africano y yo nos enfrentamos con que había una “Tercera Fuerza” en marcha en nuestro país. John Carlin, por aquel entonces en el Independent, fue uno de los pocos periodistas que escribieron extensa y significativamente sobre el asunto. Tuvo el valor de hacerlo abiertamente y de forma muy contundente.

Creo que llevó a cabo una labor magnífica en Sudáfrica. Fue muy inspirador leer sus lúcidas exposiciones sobre cómo el régimen del apartheid estaba emprendiendo una guerra masiva contra el movimiento de liberación. Ahora es fácil para un periodista criticar a cualquiera, incluido el gobierno, pero en aquellos días podías contar a los periodistas con valor para hacerlo con los dedos de una mano.

Recientemente estuve en Barcelona en una conferencia. John Carlin estaba presente y me hizo una pregunta. Los organizadores quisieron desautorizarle, pero yo dije: “No, no, no, déjenle hacer preguntas”. Porque no olvido el valor.

Estos son los motivos por los que me hace feliz prestar mi apoyo a esta recopilación del trabajo periodístico de John Carlin sobre África.

N. R. Mandela
Diciembre 2003

Mandela-and--John-Carlin

Nelson Mandela & John Carlin

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Heroica tierra cruel

Editorial Seix Barral
Introduccion general a ‘Crónicas africanas’

Me enteré de lo que estaba pasando en Ruanda en abril de 1994 de la misma manera que cualquier indivíduo en España, Francia o Inglaterra que procura estar más o menos al tanto de las noticias. Leí algo en la prensa, ví alguna que otra imagen en televisión. Tengo vagos recuerdos de cuerpos flotando por ríos rojos de sangre; de monjas o curas que en el medio de la noche llamaban por teléfono a estaciones de radio en Europa anunciando que al amanecer les iban a venir a matar. Pero la verdad es que me interesé poco. Es que tenía otras cosas que me interesaban mucho más. Estaba participando en una gran fiesta y lo estaba pasando demasiado bien como para permitir que me la estropearan con historias deprimentes.

No, mejor cerrar los ojos y seguir bailando. ¡Y qué baile! Las elecciones sudafricanas, las primeras en la historia de aquel país que fueron enteramente democráticas, en las que votaron todos independientemente del color de su piel, fue una de los grandes acontecimientos del siglo veinte. Y uno de los pocos que todo el mundo, sin excepción, celebró. El apartheid fue, según la definición de Naciones Unidas, “un crimen contra la humanidad”. Y cuando el crímen dejó de existir toda la humanidad -- sin importar que fueran comunistas o capitalistas, católicos o musulmanes, negros o blancos – lo festejó. Y ahí estuve yo, repito, en el medio de la fiesta. Llevaba cinco años y medio en Sudáfrica, me había entregado en cuerpo y alma a la causa (por favor que nadie me hable de la objetividad periodística, que aquí era un concepto para mí absolutamente redundante) y de cierta manera, dentro de las limitaciones que impone el periodismo, me había convertido en actor en este gran drama que tuvo como protagonista a Nelson Mandela. Había aportado mi granito de arena a la lucha de la liberación contra quizá la injusticia más grande, y sin duda la más indiscutida, que había en el planeta.

Claro, mi participación fue en la parte final de la lucha. Lo peor estaba por detrás. Todo iba ya cuesta abajo. La cuestión no era tanto si iba a acabar el apartheid, sino cómo. Existía la posibilidad, cuando llegué yo a Sudáfrica a principios de 1989, que acabaría mal. En un baño de sangre. Todas las condiciones existían para que así fuera. Una situación en la que el 10 por ciento de la población se daba la gran vida (nadie en el mundo vivía en mejores condiciones materiales que los sudafricanos blancos) al mismo tiempo que oprimía sin el más mínimo dismulo al 90 por ciento restante: tarde o temprano eso tenía que explotar. A no ser que los blancos recapacitaran y los negros mostraran una paciencia y generosidad sobrehumana. Afortunadamente, así fue. Gracias al “último presidente blanco”, FW de Klerk, y a Mandela. Lo que yo no supe, y casi nadie supo, es que ya en 1989, un año antes de su liberación, Mandela ya estaba negociando en la cárcel con el gobierno blanco, ya estaba preparando el camino para una transferencia pacífica del poder. Resultó que hubieron muchos más muertos de lo que él esperaba, que se desencadenó la violencia más descomunal que había vivido Sudáfrica en casi cien años. A pesar del intento desesperado de fuerzas siniestras dentro del parato de poder para impedir que se llevase a cabo lo que alguien llamó “la revolución negociada”, a cabo se llevó. El haber podido observar ese proceso de cerca, de llegar a conocer bien a Mandela y a multitudes de héroes más a lo largo y ancho de este gran país cuyos nombres no pasarán a la historia, pero que tuvieron su peso en el glorioso resultado final: éste ha sido el privilegio más grande mi vida.

Por todo esto lo que estaba ocurriendo en Ruanda aquel abril de 1994, el desenlace de un proceso planeado con tanto afán y meticulosidad como el sudafricano, no me interesaba. Es más. No quería saber. Dejé que otros compañeros míos abandonaran la fiesta y volaran al norte. Yo no tenía la más mínima intención de irme, de dejar de saborear aquel día en el que las colas de votantes en Soweto daban la vuelta a la manzana, o la mañana de la inauguración presidencial de Mandela en Pretoria, o el primer día del nuevo parlamento multicolor en Ciudad del Cabo. Gloriosos hitos, todos de ellos, en la historia de la humanidad. Mientras unas tres horas y medio de avión al norte estaba ocurriendo una de las más grandes atrocidades en la historia de la humanidad. Como me enteré mucho más tarde, entre el día de la votación en Sudafrica y el día en que Mandela dio su primer discurso en el parlamento (12 días), murieron 120,000 personas. En total murieron un millón de personas en el intento, a lo largo de cien increíbles días, de eliminar de una vez y por todas a la etnia tutsi de la faz de la tierra. La mayoría hutu, enardecida por la propaganda de sus gobernantes, que lo planearon todo con el mismo rigor que los nazis el genocidio judío, intentó hacer lo que la población negra de Sudáfrica podría haber hecho a los blancos – pero jamás ni remotamente se les ocurrió.

Yo aparecí en escena por primera vez en 1999, en el séptimo aniversario del genocidio. He vuelto cuatro veces. Volveré más. Será en parte porque siento la necesidad de expiar mi gran pecado de omisión del ’94 pero en parte también porque he llegado a admirar tanto al presidente tutsi Paul Kagame y su gobierno. El mundo se ha olvidado de ellos. Pocos se fijan en lo que han logrado hacer en estos diez años. De vez en cuando algúna orgnización de derechos humanos o algún gobierno europeo se queja de que ha habido algún abuso, de que Ruanda no es una perfecta democracia occidental. Grotesco. El hecho es que hoy Ruanda es un país estable y pacífico en el cual ha habido un mínimo inexplicable de venganza contra aquellos que perpetraron el segundo gran genocidio del siglo veinte. (Y, por favor, ruego a aquellos señores, más bien de izquierdas, que utilizan la palabra “genocidio” hoy en día con tanta facilidad, con cualquier pretexto -- que la usan por ejemplo para describir la guerra de los Estados Unidos en Irak -- que demuestren un poco de sensibilidad; que se callen y se dejen equiparar de manera tan irrespetuosa e insensata una cosa con otra.) Ruanda es un país estable, en el cual hutus y tutsis han vuelto a vivir juntos una vez más, gracias a la generosa inteligencia de Kagame y su gente. Generosa inteligencia también es la cualidad que, ante todo, mostró Mandela. Lo que ahora sé, que hace diez años no se me hubiera ocurrido posible, es que ambos líderes, ambos pueblos, merecen no sólo el reconocimento sino la admiración de la humanidad. Estos dos países africanos tienen mucho que enseñarnos a todos. Mucho.

John Carlin 22 de diciembre de 2003

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