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LA TRIBU

La Tribu John Carlin

A propuesta de la editorial Planeta, hicimos una recopilación de mis columnas semanales en el País publicadas bajo el título El Corner Inglés. Aquí están. Libro no recomendado para Mourinhistas, ni para Maradonianos, ni para admiradores de los ingleses o su fútbol.

“John Carlin me gusta porque no hace épica ni lírica. Cuando habla de fútbol, habla de fútbol.” Eduardo Mendoza

“John tiene la rara habilidad de hacer de lo banal un tema glorioso, o trágico, pasando por el humor. Hace de lo olvidable algo inolvidable.” Michael Robinson.

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Prólogo

Pertenezco a la tribu más grande del mundo. La más numerosa,
la más heterogénea, la de mayor alcance territorial. Somos
hombres y mujeres, blancos y negros, rubios y morenos, altos y
bajos, gordos y fl acos, listos y tontos, analfabetos y doctores en
fi losofía, heteros y gays; somos nacionalistas, comunistas, fascistas,
ecologistas, de derechas, de izquierdas o indecisos fl otantes;
somos cristianos y judíos, musulmanes y budistas, hindúes
y ateos, y los que no tenemos ni idea de qué pensar del más allá;
poblamos todos los continentes, todos los climas, todas las posibles
geografías. De China al Chad, de Tierra del Fuego a Timbuktú,
de Reikyavik a Riad, de Vladivostok a Valencia: busca
en un bar, en un autobús, en una choza, en la playa, en un
puestito callejero donde venden churros o rollitos de primavera
o empanadas o hot dogs o blinis o tacos al pastor y, en cualquier
rincón de la Tierra donde se te ocurra mirar, nos encontrarás.
A diferencia de todas las demás tribus —o religiones o nacionalidades
o ideologías o como las quieras llamar— no tenemos
enemigos. Y no los tenemos porque no exigimos condiciones
para entrar, ni peajes para pagar. Todos somos bienvenidos, todos
reconocemos alegremente nuestra identidad y nada nos da
más placer que hablar sobre lo que nos une. Somos los dueños
del gran tema de conversación mundial, el fútbol.

Yo me incorporé a la tribu futbolera, como casi todos, a
una temprana edad. Mi destino ya estaba escrito antes de haber
nacido, pero, por las dudas, una decisión tomada cuando
tenía apenas tres años lo selló para siempre. Mi padre —escocés—
fue amante del fútbol y fanático del Glasgow Celtic
toda la vida; mi madre —española— viene de una familia numerosa,
madridista hasta las cejas. Nací en Londres, donde
también nació el fútbol, y ahí viví hasta el día en que, sin que
nadie me consultara, me llevaron en barco a Buenos Aires.
Ahí permanecí hasta los diez años. El niño que emergió al final
de este intervalo era un argentinito de pies a cabeza que
hablaba el español con acento italiano, decía vos y nunca tú, y
jugaba al fútbol en la vereda con el hijo del portero.
Se llamaba José Manuel Díaz. A mis ojos era un gigante.
Tenía veintiuno, veintidós o veintitrés años, y sus padres eran
una pareja de asturianos de primera generación llamados Alfredo
y Benjamina. Pasaba horas en el pisito de abajo, pegado
al garaje, donde vivían los tres. El cuarto piso, donde vivíamos
nosotros (mi padre era diplomático), debía de ser diez
veces más grande y diez veces más luminoso, pero recuerdo el
pisito de los porteros Díaz con igual o más calor que el nuestro.
Pasaba horas ahí, todo el rato tomando mate, compartiendo
todos la misma bombilla, hablando —u oyendo a los
mayores hablar— de quién sabe qué. Alfredo y Benjamina me
querían, sentía, como si fueran familia. José Manuel era, sencillamente,
mi héroe. Recuerdo que era cariñoso conmigo y
juguetón. Pero podría haberme ignorado por completo y hubiera
seguido siendo mi héroe. ¡Porque era futbolista profesional!
¡Se ganaba la vida jugando al fútbol y vivía en mi propio
edificio! Y lo mejor, lo mejor de todo —junto a jugar al
fútbol con mi padre en el parque los fines de semana, el recuerdo
más grato de mi infancia—, me llevaba con él a la cancha
los días que había partido en casa. Las imágenes y las sensaciones
de aquellas tardes de fútbol con José Manuel brillan
aún hoy en mi memoria.
Jugaba para un equipo de segunda división llamado Excursionistas
de Belgrano. La cancha estaba cerca de donde vivíamos,
a unos quince o veinte minutos caminando. Había
una larga bajada, recuerdo, y después cruzábamos la vía del
tren, hacía el Río de la Plata. Gritaba por Excursionistas y
quería terriblemente que ganaran, pero ante todo quería que
José Manuel, que jugaba de lateral izquierdo, tuviese un buen
partido y que no repitiese nunca lo que había hecho cuando
estaba en el San Lorenzo, marcar un gol en propia puerta.
Todavía recuerdo la foto de aquella calamidad, de un recorte
de periódico. Cierro los ojos y todavía puedo verla, en blanco
y negro, ese retrato que aquel niño mimado concebía como
el colmo de la mala suerte, del dolor y la desesperación. Al finalizar
el partido esperaba a José Manuel a la puerta del vestuario.
Aparecía siempre con el pelo mojado y el cuello perfumado.
Le olía cuando me sentaba en sus hombros nada más
verme, para que no me perdiera cuando atravesábamos la muchedumbre.
También en aquellos tiempos era hincha de Ríver. Fui al
Monumental algunas veces a ver a los tres cracks del momento
—Luisito Ortega, Ermindo Onega y Óscar Más— y al legendario
arquero Amadeo Carrizo, que decían que sólo con
soplar hacía que el balón que iba a la escuadra saliera fuera.
Escuchaba los partidos de Ríver en la radio y recuerdo un día
en el que ganó un partido que a mí, al menos, me parecía importante
y bajé a la vereda a celebrar; di la vuelta a la manzana
corriendo, chillando como un poseso.
Volví a Inglaterra y me hice hincha del Manchester United.
¿Por qué, si vivía en las afueras de Londres? Porque, después
siempre del Glasgow Celtic, era el equipo que más le
gustaba a mi padre. Él era, como casi todos los escoceses, muy
escocés, y el hecho de que el entrenador, Matt Busby, fuera
uno de sus compatriotas, y que el goleador, Denis Law, también
lo fuera, definieron la cuestión para él, y para mí. También
nos gustaban Bobby Charlton y George Best, por supuesto.
Y ahí empezó lo que siempre pensé que sería el amor
más constante de mi vida con la posible excepción del que
sentía por mi madre. Cambié a Dios por el United. Recé y
ganaron la Copa de Europa en 1968; pero volví a rezar, con
igual o más empeño, el año siguiente y cayeron en semifinales.
Eso resolvió la cuestión. El United se convirtió en mi religión
y de los quince a los diecinueve años me incorporé los
fines de semana a las grandes hordas migratorias de fans que
recorren Inglaterra de arriba abajo, siguiendo a mi equipo por
todo el país. Hice lo que pude para mantenerme al tanto, muy
de vez en cuando viendo un partido por televisión, durante
los años que pasé cubriendo como periodista las guerras de
guerrillas de América Central o la violenta y finalmente grandiosa
transición a la democracia en Sudáfrica. Cuesta creerlo
hoy, pero no había emisiones de fútbol por satélite en aquellos
tiempos. En Johannesburgo formamos un grupo de cinco o
seis amigos que nos reuníamos todos los martes para ver partidos
de la serie A (me vetaron la propuesta de que fuesen partidos
ingleses, acusándome de mal gusto). Mi hermana nos
los grababa en Londres de Channel 4 y nos enviaba las cintas
por mensajero. En Washington, donde también fui corresponsal,
encontré un bar donde pasaban partidos del United
en directo y cuando me iba de viaje por Estados Unidos hacía
lo imposible por averiguar dónde, dónde, podía ver a mi equipo.
Me acuerdo que una vez en Chicago vi un partido de
principio de temporada entre el United y el Leicester City. La
emoción del encuentro compensó, como suele ser el caso en
Inglaterra, la pobreza del juego. Acabó 2 a 2 y recordaré siempre
lo que dijo un exiliado inglés que vio el partido conmigo.

Lo recordaré porque definía mis sentimientos a la perfección.
«I wish it would never end!», exclamó, con una mezcla de dolor
y añoranza. «¡Ojalá que nunca terminara!» Tenía toda la razón.
¿Qué carajo íbamos a hacer el resto del día, el resto del
fin de semana, en Chicago, que pudiese remotamente competir
con el espectáculo que acabábamos de presenciar?
Me mudé a Barcelona en 1998 y en mayo del año siguiente
el United ganó la final de la Liga de Campeones en el
Camp Nou contra el Bayern de Múnich, ganó por 2 a 1 tras
ir perdiendo 1 a 0 en el minuto 90. Estaba en el estadio. Le
eché una mirada al enorme marcador digital. Ponía «minuto
90»; ponía «Bayern 1-Manchester United 0». Me estaba preparando
mentalmente para la colosal decepción y el inevitable
duelo que me esperaba, que duraría quién sabía cuánto tiempo,
cuando —locura total— el United empató y un minuto
después volvió a marcar, y ganó. Dos goles en tres minutos.
Nunca había gritado tanto en mi vida. Me quedé afónico, absolutamente
incapaz de hablar, durante una semana. Un viejo
amigo periodista de Londres, compañero de guerras y paces,
me llamó y me dijo que ahora entendía por qué me había ido
a vivir a Barcelona. «Fue el destino», dijo.
Dos, tres, o quizá cuatro años después dejé de ser aficionado
del United. Dejé de ser aficionado, punto. Podría haber
tenido que ver con que entrevisté al poco simpático Alex Ferguson,
el veterano entrenador del club, pero creo que principalmente
fue porque empecé por esas fechas a escribir sobre el
fútbol con cierta regularidad. Por primera vez en mi vida comencé
a relacionarme con el deporte de manera más racional
que emocional, y la locura del hincha —porque es una locura
que sea para uno tan importante, tan «vida o muerte», que
once desconocidos metan o no una pelotita entre tres palos—
se me fue diluyendo. Mi inmersión en un libro sobre el Real
Madrid a lo largo de un año —el año de los Galácticos— seguramente
fue la estocada final. Ya no había vuelta atrás. Me
había convertido en una especie de gourmet del fútbol, un bicho
raro, distante, carente de pasión, descafeinado. No ha sido
una evolución; ha sido un retroceso. Me avergüenza y lo lamento
—sé que he perdido mucho—, pero no hay nada que
hacer. Cuando la chispa se extinguió, se extinguió.
Empezar a escribir en 2006 las columnas recopiladas en
este libro para El País me recolocó, me ayudó a redefinir mi
relación con el fútbol. Desde mi córner, mi esquina, veo mejor
que nunca que el fútbol es lo más importante del mundo, y lo
menos importante. Intento, si no resolver, sí al menos transmitir
esta contradicción en mis columnas, que en su propio
concepto son contradictorias, ya que las escribo en teoría desde
una óptica inglesa, pero vivo en España desde 1998 y sigo
las ligas de ambos países con igual atención e interés. Claro, la
contradicción incluso más de fondo es que soy mitad español
y mitad británico. Por eso será que oscilo entre la ironía inglesa
y la indignación española de columna en columna, e incluso
a veces logro combinar en el mismo texto las dos características
que (considero yo) definen mis dos nacionalidades. Como
no soy especialista en deportes, como no soy uno de esos periodistas
capaces de «leer» un partido y explicar microscópicamente
los movimientos tácticos en una crónica escrita a diez
minutos del pitido final (¡qué cracks, esos tipos!), mi mirada
es más lejana y, por necesidad, abarca más cosas. Lejos de centrarme
en el fútbol inglés, lo utilizo como punto de partida o
de referencia para explayarme sobre... bueno, básicamente sobre
todas las cosas que me interesan desde muy joven o que he
llegado a conocer a través del periodismo; sobre la guerra y la
paz, el arte y la ciencia, la política, el cine, la literatura, la historia
romana, la psicología. O sea, escribo sobre Wayne Rooney
y José Mourinho, David Beckham y Leo Messi, Pep Guardiola
y Cristiano Ronaldo, pero también sobre Julio César, el
emperador Adriano, el Cid, Shakespeare, Napoleón, Freud,
Picasso, Borges, Churchill, Mandela, Maradona, Obama,
Berlusconi, Zapatero y Rajoy.
Siempre, o casi siempre, le inyecto a lo que escribo una
cierta dosis de humor. Eso me sale por naturaleza. Pero aunque
de vez en cuando le falte al respeto a determinados personajes
del mundo del fútbol, nunca se lo falto al deporte en sí.
Tengo como artículo de fe que el fútbol es algo grande, importante
y —para muchos— vital en el viaje de la cuna a la
tumba. Saber que conservo esta convicción me reconforta; me
hace sentir que, pese a la traición de haber abandonado el
equipo de mi vida, no soy huérfano; que sigo perteneciendo a
la gran tribu futbolera. No a las microtribus que la grande cobija,
las de los hinchas de clubes, pero sí a la macro, a la de los
amantes del juego. Disfruto de un gran jugador, o de un gran
gol, o de un gran equipo, o de un gran partido más que de
cualquier otra cosa en la vida, casi. Soy incapaz de imaginar la
vida sin fútbol. Pero, eso sí, ya no estoy en la primera fila de
los guerreros, ni en la segunda. Soy el observador irónico, soy
el bufón de la corte, el listillo y el látigo a la vez, el escribidor, el
crítico de teatro —en vivo y en directo— que el fútbol genera,
el antropólogo amateur del fenómeno de masas más grande
—y más unificador— de la historia humana; soy el columnista
de «El córner inglés».

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