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10 SEP 2015

Las llamas de la frustración

La riña que provocó el caso del guardameta español David De Gea entre el Manchester United y el Real Madrid tiene un trasfondo, más allá de si hubo mala fe o mala gestión. Ambos clubes están traumatizados.

El United lleva un par de años rindiendo a un nivel lamentablemente por debajo de las expectativas de su enorme afición mundial y si logró colarse en la Champions esta temporada, tras haber fracasado la anterior, fue gracias a De Gea, cuyo anticipado traspaso al Madrid acabó en farsa a medianoche del lunes.

Tras la retirada en 2013 de su entrenador y gran papá, Alex Ferguson, el United anda perdido. El actual entrenador, Louis van Gaal, ni congenia con los jugadores ni sabe cómo hacer que trasladen al campo la compleja geometría de su pizarra táctica. No hay ni orden, ni convicción, ni gol. La mitad de los fichajes que ha hecho el United en estos dos años han sido desastrosos y varios fichajes deseados no se han materializado. El último acto de desesperación fue la adquisición hace una semana de un jugador francés de 19 años llamado Anthony Martial por la extraordinaria cantidad de 80 millones de euros. Al enterarse Wayne Rooney, el capitán del United, de la llegada de Martial, le hizo a un compañero la pregunta que se hacía toda Inglaterra: “¿Quién es?”.

La lección queda clara: cuando las llamas de la frustración calientan los sesos, adiós a la cordura y la racionalidad. Algo parecido le pasa al Real Madrid, aunque por diferentes motivos. El Madrid, que ganó la Champions en 2014, tiene un equipazo. Sin embargo, el Madrid exhibe síntomas de desquiciamiento mental similares a los del gran club inglés, empezando por el ridículo compartido en el fiasco De Gea. Otro ejemplo: el bochornoso trato que se le dio al que había sido su gran capitán, Iker Casillas. Otro: remplazar a Carlo Ancelotti con Rafa Benítez. Otro más: el trato preferencial que se le está dando a Gareth Bale, por el que se pagó la disparatada suma de 100 millones cuando valía la mitad, en detrimento de la gran figura del Madrid, el brillante pero emocionalmente frágil Cristiano Ronaldo.

La raíz del trauma madridista es obvia: no es que su equipo juegue mal, es que no juega tan bien como el Barcelona. Por más que lo intenten negar en el Bernabéu, la verdad objetiva es esa. En el fondo lo saben y les vuelve locos. El sueño articulado hace más de una década, en la época de los galácticos, de tener un equipo que no solo lo ganara todo, sino que encandilase al mundo entero lo ha conseguido no el Madrid sino su detestado rival. El mantra de aquellos románticos tiempos —“ilusión, ilusión”— se evaporó tras el acto de rendición que supuso la llegada como entrenador de José Mourinho. Se abandonaron los principios de arte y señorío y se recurrió a la realpolitik de frenar al enemigo como sea. No lo hizo mal aquel Madrid. El feroz pragmatismo de Mourinho le puso muchas piedras en el camino al Barcelona. Pero no descarriló el tren.

La salida de Guardiola del Barcelona, la trágica muerte de su sucesor, Tito Vilanova, y el cómico interregno del Tata Martino parecían haber acabado con el fantasma del Camp Nou. Pero no. Apareció Luis Enrique y la troika Messi-Suárez-Neymar y el Barça no solo lo ganó todo, sino que volvió a consolidar la percepción de que nadie juega mejor.

Cuando el equipo de un aficionado de Paraguay, de Corea del Sur, de la propia Inglaterra o incluso de Madagascar hace un gran partido, no dice, “jugamos como el Madrid”, dice —ya se ha convertido en un reflejo universal— “jugamos como el Barcelona”; cuando un futbolista en cualquier parte del mundo hace una gran jugada, no dicen “parece Cristiano”, dicen “parece Messi”— al que, por cierto, el Madrid soñaba con fichar hace seis años.

Es muy duro todo esto para el madridismo. Es casi insoportable. No debería sorprender la desorientación mental y moral en la que ha caído el club. El consuelo consiste en saber que todo cambia. El Barça decaerá; el Madrid volverá a tener sus días de gloria. Quizá ocurra esta misma temporada. Pero hoy, como hace ya demasiados años, lo que toca es apretar los dientes, torear el trauma y hacer un esfuerzo grande para evitar seguir cayendo, junto al Manchester United de Van Gaal, en el ridículo.

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