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22 AGO 2004

Solís de Reynosa

A cuatro años de iniciada la transición política, tras siete décadas de hegemonía del PRI, México continúa siendo un país fragmentado y de hondos contrastes. El periodista John Carlin ha pulsado algunos de ellos en esta serie de siete retratos, a través de los cuales asoma la dura tarea emprendida por hombres y mujeres para superar los males de la sociedad en que viven.

Vista desde la tranquilidad pastoral del extremo sur de Tejas, la ciudad fronteriza de Reynosa, en el Estado mexicano de Tamaulipas, es el Salvaje Oeste -el escenario de una película en vivo que combina el surrealismo de Buñuel con la brutalidad de Sam Peckinpah-. Así se percibe también desde el vecino Estado de Nuevo León, y especialmente desde la capital estatal de Monterrey, un oasis de orden y civismo a 200 kilómetros de distancia. Aunque también en la megalópolis del Distrito Federal, cuyos 19 millones de habitantes viven una sensación de inseguridad permanente, mis amigos me miraban atónitos cuando les anuncié que me iba a Reynosa. "Es un lugar tenebroso," decía uno. "Los narcos lo controlan todo," decía otro. "Cuídate mucho," me dijo un tercero. "Ahí la vida no vale nada". Desde la caída del Partido Revolucionario Institucional en el 2000, tras 70 años en el poder, México es un país fragmentado. Reynosa, que tiene un millón de habitantes y está al filo de la frontera con Estados Unidos, es un lugar en el desierto casi tan ajeno para un chilango, como llaman a los habitantes de la Ciudad de México, como lo sería para un neoyorquino. O un habitante de Monterrey.

Por eso fue que cuando José Antonio Cervantes Espeleta, aficionado a las motos Harley Davidson e importador de equipos médicos de 41 años de edad, partió de su casa en Monterrey en su BMW último modelo rumbo a Reynosa su corazón debió de haber pegado un leve salto al ver el letrero en la carretera anunciando que salía de Nuevo León y entraba en Tamaulipas. Viajar desde Nuevo León a Tamaulipas en un coche de lujo era una acción temeraria, casi una provocación dado que en las últimas semanas se habían registrado secuestros de gente que correspondía precisamente a sus características. Pero su mujer y niños le esperaban en el centro veraniego tejano de Isla del Padre y lo más rápido y eficaz era ir por carretera.

Era el 13 de diciembre, un sábado. Nunca más le volvió a ver su familia. Entró en Tamaulipas y desapareció. Su coche fue encontrado en Reynosa, a una cuadra y media de la comandancia de la policía, el día siguiente. El día de Navidad encontraron su cuerpo a la intemperie -ejecutado a balazos y calcinado- a 100 kilómetros de la ciudad. Las primeras sospechas, como suele ser en México no importa cuál sea el delito, recayeron sobre la policía. Poca gente duda de la complicidad de la policía en la epidemia de secuestros que ha azotado el país en los últimos años.

Nadie estaba más seguro de la participación de los agentes de la ley en el crimen que Arturo Solís, un mexicano que ha dedicado gran parte de su vida a denunciar los abusos contra los derechos humanos en su país. Solís, director hace 15 años del Centro de Estudios Fronterizos y de Promoción de los Derechos Humanos en Reynosa, obtuvo información que señalaba como uno de los responsables a un tal Rubén Hernández, de la temida Policía Ministerial, el cuerpo de policía mexicano más frecuentemente asociado con el crimen organizado. (Hasta hace poco se llamaba la Policía Judicial: se cambió el nombre en un intento no demasiado convincente de maquillar la imagen.) Solís, activista político desde que militaba en el Partido Comunista en los años sesenta, montó una campaña tenaz en los medios exigiendo la captura de Hernández. A ésta se sumaron los medios y el Gobierno de Nuevo León. Y aunque la procuraduría de Tamaulipas negó en un principio la posibilidad de que pudiera haber un policía en activo involucrado, al final sucumbió a la presión que Solís había orquestado y Hernández, un ex integrante de las fuerzas especiales del Ejército, fue detenido y encarcelado. También otros cuatro integrantes de su supuesta banda. Entre ellos un antiguo comandante de policía. ¿Un triunfo muy grato, por inusual que haya sido, para los defensores de los derechos humanos en Reynosa? "Sí", me respondió Solís sin mucha alegría o satisfacción, como agobiado por los largos años de perseverante militancia. "Pero aunque estoy convencido de que es culpable, no deja de ser deplorable que la policía lo haya torturado, como parece ser que pasó. Y que siempre torturen a los detenidos. Y que no haya señal de que esto haya servido para promover la limpieza general de nuestra policía que tanta falta hace".

Tuve una conversación extraordinariamente franca con un personaje en Reynosa cuyo nombre, por su propia seguridad, prefiero no dar. No es un hombre de principios nobles, como Solís. Es alguien que ha sabido manipular el sistema para sus propios intereses. No es una mala persona. Ni tampoco es especialmente bueno. Es un hombre pragmático, listo, sin mayores escrúpulos. Sabe navegar en las aguas de Reynosa. Sabe no sólo cómo sobrevivir, sino cómo ganarse un buen dinero de vez en cuando.

Nuestra conversación, tras pasar varias horas juntos, fue así: Me da la impresión que te lo has montado para andar por esta ciudad con un buen grado de seguridad. ¿Cuál es el secreto? "Conocer a los que mandan y respetarlos y no meterse con ellos". ¿Quiénes son los que mandan? ¿La policía? "No, la mafia". ¿Los narcotraficantes? "Eso es. Hay tres capos y los conozco y nos llevamos bien. La gente sabe que no se debe meter conmigo". ¿Te protegen? "Me protegen". ¿Los capos mandan en todo? "Sí. Eligen el jefe de policía. Dicen quién debe o no debe ser el presidente municipal". Y, ¿la prensa? ¿No dicen nada? "Están todos comprados. La mafia los paga a casi todos. También el Gobierno municipal paga a cada periódico 35.000 pesos (3.000 euros) al mes, y eso, aparte de los embutes semanales que pagan a los propios periodistas. Recuerdo que cuando vino el presidente Fox aquí los periodistas se enojaron. En tiempos del PRI, cuando venía el presidente hacían cola y a cada uno les daban 500 dólares".

-Me han dicho que han asesinado a cinco periodistas aquí en los últimos años. ¿Por qué?

-Porque pidieron demasiado. Le dicen al mafioso o al policía (que es lo mismo, realmente) que quieren dinero, si no van a publicar algo. Le ofrecen, digamos, 500 pesos, y él insiste en 1.000. Insiste e insiste, y al final lo matan.

- ¿Tan en el bolsillo de la mafia está la policía?

-Bueno, también hacen cosas por su cuenta. Te fijarás que en la noche, a partir de las diez, cuando más gente hay en la calle, no se ve ningún policía. Se han ido todos al río a extorsionar a los migrantes ilegales que están esperando cruzar al otro lado. Muchas veces los migrantes traen una buena lana, especialmente los que han venido de Centroamérica. Después de medianoche la policía desaparece del todo, dejan vía libre a la mafia para que puedan cruzar sus drogas al otro lado en paz.

-¿Así que la mafia realmente controla las cosas aquí...?

-Te doy un ejemplo. Hay más de 150 tugurios en Reynosa. Para poder operar sin que la policía los moleste tienen que pagar unos 1.500 dólares por semana al municipio. Pero hay otra opción. Puedes ir a la mafia y les dices que el municipio pide 1.500, ¿qué dicen ustedes? Ellos te dicen que 1.000. Los entregas, ellos mandan avisar al municipio que la cuota está pagada y se acabó.

Fui a ver a Rubén Hernández, el policía acusado de secuestrar y matar a José Antonio Cervantes Espeleta, en el penal de Reynosa. Me acompañó una joven abogada. Estábamos los tres de pie; él, del otro lado de una reja como de gallinero, pero más gruesa. Detrás de él había un letrero escrito a mano que ponía, "Por favor, no orinar en esta área".

Era un hombre alto, sólido, con una barba fina y negra. Había sido militar y se notaba en su porte, firme y erguido. Tenía 38 años y era policía desde los 13. "En aquellos tiempos sólo se necesitaba acta de nacimiento y pistola," me explicó.

Negaba rotundamente haber matado a Cervantes Espeleta, o de haber participado en la banda secuestradora. Se mantuvo firme en su negativa durante los primeros tres días después de que lo detuvieran cuando, según él, le torturaron. "Es que soy inocente, soy inocente. Las pruebas en contra mía se fabricaron". ¿Por qué? "Porque el procurador del Estado sabe que sé de sus negocios con la mafia de la droga. Temía que lo delatara". Todo es posible en lo que varios escritores mexicanos y estadounidenses han llamado "la zona crepuscular" de la frontera norte mexicana. En este caso en concreto, ha habido tantas versiones diferentes de lo ocurrido diseminadas por la Procuraduría -tantas contradicciones oficiales que hasta el propio gobernador en un momento se tuvo que disculpar- que un buen abogado, operando en un sistema judicial que aplica el principio de que uno es inocente hasta que la culpa se haya demostrado, quiza no tendría muchas dificultades en lograr que un juez le diese el beneficio de la duda a Hernández. En cuanto a la posibilidad, como él asevera, de que altos funcionarios del Gobierno de Tamaulipas estén recibiendo dinero de los narcotraficantes, pocos mexicanos dirían que es una idea disparatada. Hay un dato objetivo que señala Arturo Solís. Que se incauta muchísima más droga procedente de Tamaulipas en EE UU que "las cantidades irrisorias" que se incautan en Tamaulipas. En los últimos dos meses de 2003 la Procuraduría del Estado anunció el decomiso de cuatro toneladas y media de marihuana. En el mismo periodo, y únicamente en el sector de McAllen, Tejas, al otro lado de Reynosa, la policía decomisó 50 toneladas.

Hernández me dijo que tenía mucha información sobre este tema -"el narcotráfico está detrás de todo"-, pero que no quería entrar en detalle "porque lo que hacen es que se adelantan, van por los testigos y los matan". Hernández temía por su propia vida dentro de la cárcel. Según él, habían muerto ocho prisioners violentamente desde que había ingresado en la cárcel, "uno por 4.000 pesos (300 euros)". Pero dijo que temía también por todos aquellos que venían a visitarle a la cárcel, especialmente su familia. "A mi mujer y a mis tres hijos los he mandado lejos de aquí, al sur de México. Cuando mi mujer me ha venido a visitar lo ha hecho por los Estados Unidos. Se despide y salé corriendo al otro lado del puente. Si no, la van a seguir y le puede pasar cualquier cosa". Yo me despedí de él sin tener muy claro qué pensar. Si era culpable de lo que le acusaban o no. No le pude dar la mano, pero metí un dedo por la reja y él con su dedo me lo tocó. Y me lo apretó. Y se me ocurrió que ésta debía de haber sido la primera muestra de calor humano que había recibido desde la última visita de su esposa. Y me apretó el dedo hasta que casi me hizo daño. Y de repente -a este hombre duro, fornido que sus compañeros en la policía llamaban "el sargento"- los ojos se le llenaron de lágrimas. "¿Sabe? Mi padre murió cuando yo era pequeño", me dijo. "Mi madre me enseñó siempre valores buenos. Y le juro que soy inocente. ¡Soy inocente! Yo respeto mi trabajo. Es un trabajo bonito ser policía. Y peligroso también. Y yo siempre supe que en este trabajo de policía podría morir cualquier día, mañana. Y por eso cada día le decía a mi familia que les quería. Todos los días. Y todos los días les hacía caricias porque sabía que podía morir en un enfrentamiento o un asalto". Paró de hablar un momento. Suspiró. Se disculpó. "Perdón", dijo. Se quitó una lágrima con la manga de la camisa. "Pero así no. Así no. ¡No así! ¡No que me acuchillen aquí en esta cárcel como a un animal por cincuenta pesos!". Otro suspiro. Un sollozo. "Y es que soy inocente, pero aunque no hay corte y no hay jueces yo ya he sido juzgado y sentenciado...". Quitándose otra lágrima metió el dedo por la reja otra vez, otra vez se lo toqué, y me apretó, y se dio media vuelta y se fue, pero no sin antes decir, con una cara de terrible tristeza: "Es que así es nuestro país".

La abogada y yo fuimos a ver a Solís para decirle que pensábamos que Hernández podría ser inocente. Nos miró como si fuéramos unos niños ingenuos. "Es que es muy inteligente ese hombre", nos contestó. ¿Y también un grandísimo actor? "Eso también. He seguido el caso desde el primer día. Estoy convencido de que es culpable". Solís era el bueno de esta película; Hernández, el malo. En esta zona crepuscular teníamos que confiar en el juicio del bueno.

Fuimos a comer Solís y yo. Cuanto más hablamos de la situación en Reynosa más apesadumbrado lo vi. ¿Pero esta historia de la captura de Rubén Hernández no permitía pensar que algún día se podría construir algo mejor? "No, no... El sistema no va a cambiar. Vivimos en la ilegalidad total. Te doy un ejemplo. Mira ese coche estacionado ahí, al otro lado de la calle. Si tú lo robas y sacan una orden de arresto contra ti, y viene el policía y te detiene, lo que el policía te va a decir no es 'Queda usted detenido', sino, 'Queda usted detenido a no ser que me pague una buena lana'. Ahora, si al policía se le ocurre detenerte ahí no más, o si tú te niegas a pagarle, el tipo del ministerio público se va a frotar las manos porque para declararte inocente te va exigir un precio aún más alto. Y así todo. Si tienes dinero la ley no te toca". Después de comer pude comprobar con mis propios ojos lo rutinaria que es la corrupcion policial en Reynosa. En pleno centro de la ciudad había un policía uniformado parado en medio de la calle. Cada vez que pasaba un autobús al lado del policía, el autobús se detenía un instante, salía una mano del autobús -la mano del chófer- y le entregaba una moneda al policía. El agente, sin ni siquiera mirar, de manera tan automática como si fuese un robot, alzaba la mano a la ventanilla del autobús, recibía la moneda y se la metía en el bolsillo de su camisa. Un autobús pasaba cada 20 segundos, aproximadamente, y en cada caso, religiosamente, se repetía el ritual. Vi la operación repetida unas 15 veces. El policía vio que lo miraba. Y no se inmutó. Le parecería extraño que una persona se interesara tanto por semejante banalidad.

Solís me dijo que comparaba a la frontera norte de México con un embudo. "Aquí está la parte ancha. Todo lo malo que hay en en el país, todo lo peor, está concentrado aquí". ¿Como qué? "Narcotráfico, tortura, impunidad, secuestros, robos de vehículos, tráfico de personas, corrupción: todo, y más". ¿Ningún cambio desde el 2000, entonces? "Ninguno en 20 años. Se habla más de democracia ahora, de respeto por los derechos humanos, pero para nosotros aquí no hay ningún cambio. Es todo mentira". Solís va a seguir luchando. Es lo que hace. Es quien es. Pero el viejo comunista reconoce que tiene que luchar contra el pesimismo. "Es que no hay solidaridad. Todos van a por sus propios intereses. La verdad es que estoy perdiendo la fe". Un motivo por mantener la fe, por otro lado, era el mero hecho de que no lo hubieran matado. ¿Por qué no lo habían hecho? Solís encogió los hombros y dijo: "Supongo que es porque no me meto con la mafia". Solís me estaba repitiendo lo que había oído decir a media docena de personas en Reynosa. Uno se puede referir a lo que una amiga abogado de Solís define como "el control silencioso, espeluznante" que ejerce la mafia. Se puede hablar en términos generales sobre los carteles que controlan el narcotráfico en la frontera norte de Tamaulipas. Pero entrar en fechas y lugares, nombres y apellidos, no. Ésa es la raya en el desierto que ni los más valientes cruzan.

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